El arquetipo

Hay estructuras que persisten. Cambian sus manifestaciones, sus contextos y sus lenguajes, pero conservan algo reconocible.

Jung entendió esta recurrencia como una manifestación del arquetipo: formas profundas de la psique que no poseen una imagen única, pero reaparecen bajo distintos rostros.

Me interesa trabajar precisamente en ese territorio. En Fighter, símbolos de lucha, belleza y transformación procedentes de imaginarios diversos convergen en una sola figura. En Ikigae, el cuerpo se convierte en territorio: tatuajes, animales y signos se superponen sobre la tabla desnuda hasta quedar reunidos bajo la resina.

No busco representar el arquetipo, sino observar cómo vuelve a tomar forma. La pintura recoge imágenes que parecen precedernos y las devuelve transformadas.

El camino

Todo camino comienza antes de dar el primer paso. Comienza en la posibilidad de elegir y en la intuición de otras direcciones.

El camino pertenece a los grandes arquetipos de la experiencia humana: búsqueda, prueba, pérdida, transformación y regreso. Recorrerlo supone atravesar distintos estados de uno mismo.


Los umbrales

El camino deja aquí de ser únicamente arquetipo para convertirse en experiencia. Despertar, Laberinto, Metamorfosis e Iluminación nacen de una misma búsqueda: cuatro estados de un recorrido interior que, desde la pintura, interroga qué significa atravesar la propia conciencia.

En la pintura, el símbolo deja de ser una referencia fija. Se desplaza, se superpone y se transforma hasta adquirir un nuevo sentido en las relaciones que establece la propia imagen. A medida que el recorrido avanza, también cambia mi manera de pintar: figura, arquitectura, puerta y círculo ceden progresivamente ante el color, la materia y la luz.

De Despertar a Iluminación, la transformación alcanza al propio lenguaje pictórico. Cada obra es un umbral: el camino no ofrece una respuesta, sino un espacio en el que la pintura continúa formulando la pregunta.

El ser

El rostro se ofrece como territorio de sedimentación: origen, memoria y experiencia se acumulan en una piel pictórica que el gesto fragmenta, vela y recompone.

Cada estrato conserva la huella de lo vivido sin llegar a encerrar aquello que somos.

El ser permanece mientras el cuerpo cambia.

Me interesa esa contradicción: reconocernos como la misma persona mientras el tiempo transforma aquello que vemos.

La belleza pertenece también a ese tiempo; aparece, cambia y acaba por escapar a cualquier intento de retenerla.

También me interesa aquello que en nosotros parece contradictorio. La fuerza no excluye la vulnerabilidad, como la quietud no niega la posibilidad de actuar. 

Quizá también seamos eso: aquello que podemos contener al mismo tiempo. Fuerza y fragilidad, disciplina e instinto, quietud y acción. No como opuestos que deban vencerse, sino como partes de una misma existencia.

Lo que nos transciende

Hay experiencias que no terminan en los límites de una vida. Permanecen en lo que otros recuerdan, en lo que una obra conserva, en aquello que somos capaces de transmitir y transformar.

Después de mirar hacia el ser y recorrer los caminos con los que intentamos comprenderlo, mi pintura se pregunta por aquello que lo excede y continúa más allá de él.

Lo que nos trasciende nace en ese territorio. No como una afirmación sobre lo que existe más allá, sino como una investigación sobre la permanencia, la huella y las formas en que una presencia puede seguir actuando cuando su tiempo ha pasado. La pintura tiene aquí una condición particular: puede volver sobre una imagen, separarla de su instante y hacerla presente de otra manera.

Es desde ahí desde donde surge Generación del 27. Tributo a Hernando Viñes. Una fotografía tomada en 1936 constituye el punto de partida, pero la obra no busca reproducir el documento. Archivo, memoria e investigación atraviesan la figuración; cada rostro incorpora la huella de una vida, de una obra y de aquello que sobrevivió a su propia ausencia.

La pintura desplaza así a sus protagonistas del tiempo de la fotografía para devolverlos al presente. No pinto aquí a quienes fueron, sino aquello que de ellos continúa siendo.

Inmaculada López Hernández. 

Arquitecta


Inmaculada López Hernández (Ávila, España) Arquitecta. Su práctica se desarrolla principalmente a través de la pintura al óleo, explorando las posibilidades de la imagen, el color y la materia entre la figuración y la abstracción.

Formada en Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid, la composición, la escala y el espacio atraviesan su lenguaje pictórico. Su investigación se adentra en el ser, la identidad y la experiencia humana, recurriendo al símbolo y al arquetipo como formas que trascienden lo individual.

El color ocupa un lugar esencial en su obra: construye, transforma y desmaterializa la forma. En esa tensión entre presencia y abstracción, la pintura permanece como un territorio de descubrimiento.

Inmaculada López Hernández (@ilh.art)
Inmaculada López Hernández (@ilh.art)
Exposición Galeria Distrito001 Goya 44 Madrid ANGEL Inmaculada López Hernández  (@ilh.art)
Exposición Galeria Distrito001 Goya 44 Madrid ANGEL Inmaculada López Hernández (@ilh.art)

"La pintura es el lugar desde el que investigo la imagen: su capacidad para construir presencia, activar el símbolo y hacer presente aquello que no tiene forma". 

Inmaculada López Hernández 

(@ilh.art)

T A R O T

La obra no tiene una posición definida, cualquier posición lo cambia todo, todo cambia de significado. Los mensajes que lanzan los arcanos nos invitan a la reflexión y el pensamiento, también sirven para meditar sobre la vida, reflexionar o aprender más sobre uno mismo,  con la observación se aprende a valorar los diferentes comportamientos que tenemos en la vida para poder decidir en base a todo esto qué camino queremos tomar o qué es lo que debemos cambiar para ser mejores y estar más felices.

El Loco, El Mago, La Sacerdotisa, La Emperatriz,

El Emperador, El Sacerdote, Los Amantes, El Carro, La Fuerza,

El Ermitaño, La Rueda, La Justicia, El Colgado, La Muerte, La Templanza, El Diablo, La Torre, La Estrella, La Luna, El Sol, El Juicio, El Mundo.

FLAVUM


CURANATURAE


FIGHTER

Mujer luchadora desenfundando la katana japonesa Dojigiri, una de las más importantes espadas milenarias que se conservan en Japón, según la leyenda esta katana es capaz de matar demonios, en el pelo los crisantemos flor nacional de Japón que simbolizan la longevidad en contraposición al peligro de la lucha, lleva también el tocado tradicional kanzashi como buena aprendiz Maiko decorado con hojas de crisantemo que representan el poder de la vida.

En su frente los peces luchadores de Siam o pez betta, siendo ambos macho, su naturaleza les empuja a la lucha a muerte y se encuentran en plena batalla, los colores complementarios de los peces y de sus ojos representan el yin y el yang, dos conceptos del taoísmo, que son usados para representar o referirse a las dos fuerzas fundamentales opuestas y complementarias, pero interconectadas, que se encuentran en todas las cosas; y que se atribuye a todo lo existente en el universo, la dualidad del ser humano.

Inmaculada López Hernández


V I R I D I S  S E R I E S



V U L T U S S E R I E S

V U L T U S  S E R I E S

V U L T U S  S E R I E S

F E M I N A E  S E R I E S

OBRA

INMACULADA LÓPEZ HERNANDEZ EN INSTAGRAM  @ILH.ART

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